viernes, 11 de febrero de 2011

CRÓNICA DE LA AÑORANZA

XIX


Ayer estuve con mis amigas y me han contado que vuelven pronto Cabrera y la Bobadilla al Alcázar a ocupar su lugar y, como es lógico, podremos ver de nuevo a Isabel y a Fernando por Segovia. Menos mal que ellas me tienen a la última de lo que le sucede a mi reina.
Fui a ver a su madre y me dio mucha pena comprobar que se sentía desplazada fuera de Arévalo, pero estaba contenta por el nacimiento de su nieta y por la visita que le había hecho su hija para que la conociera.
Me alegro mucho de poder pasar algunas horas con la viuda del rey Juan, cuando la veo es como si estuviera con mi madre, me trata bien y nos reímos mucho. Ella, a veces, lee libros piadosos y me pregunta si yo me creo todo lo que cuentan esas historias, sonrío un poco y comprende mi respuesta sin necesidad de decir una sola palabra, los gestos son elocuentes, nos entendemos rápido. Algunas veces paseamos, me dice que le gusta salir a caminar conmigo.
Mi trabajo al cuidado de los animales de carga es monótono y requiere mucha dedicación y esfuerzo físico. Me siento liberada cuando voy a ver a la madre de mi reina: siento que es la misión que me ha encomendado y me siento feliz de poder hacer algo por ella.
La cantidad de tiempo que dedica mi reina a conseguir más poder y, después, tendrá que dedicar mucho más tiempo a no perder el poder. Ella siente que debe actuar así, pero yo no estoy de acuerdo.
La elección de Fernando como esposo es bastante acertada para lo que ella pretende: un compañero práctico con el que contar para poner firmes a tanta nobleza y a tanto clero ávidos de riqueza y de poder. Ambos, Isabel y Fernando, tienen claro que cuando ellos sean reyes todos los demás seremos súbditos.

1 comentario:

viky frias dijo...

El poder es una bestia que exige mucha dedicación, no sé qué ven en él los que prefieren dedicar toda su vida y esfuerzos a mantenerlo. Son como los amantes de los animales: piensan que el poder es estético como un gato o fiel como un perro, pero el poder es adulador como una mascota y, visto desde fuera, no es más que un viejo perro pulgoso que se va haciendo pis por los rincones.