sábado, 18 de diciembre de 2010

CRÓNICA DE LA AÑORANZA

(V)


Mi madre tenía un trabajo privilegiado sirviendo en la cocina del palacio del rey Juan de Castilla, casado en segundas nupcias con Isabel. Mi memoria a duras penas puede recordar al rey, la esposa quedó viuda y vivía en Arévalo con sus dos hijos: Isabel y Alfonso, eran muy pequeños. Enrique, el hijo mayor del rey heredó la corona. El rey Juan, hombre instruido y amante del saber, se había procurado una biblioteca. Mi madre aprendió a leer y pudo acceder a algunos de aquellos manuscritos. Ella se encargó de trasmitirme todo lo que sabía, los días me parecían cortos para dedicarlos a conocer lo que ella me podía enseñar. Tuve una infancia feliz, pues gozaba del placer de la lectura y de la compañía de mi madre casi todas las horas del día, no recuerdo mucho más de aquella década, ella era el vínculo con el exterior. Fueron pocos años y pasaron rápido.
Comencé a trabajar a los diez años, el oficio me permitió estar en contacto con los infantes Isabel y Alfonso, algunas veces los acompañaba en sus paseos a caballo. En escasas ocasiones pude gozar, incluso, de la exclusiva presencia de Isabel. Fueron momentos decisivos para comprobar lo importante que ella era para mí, hasta que no la conocí no fui consciente de los sentimientos tan maravillosos que se pueden llegar a experimentar en relación a otra persona, ella estaba presente de una manera continua en mi pensamiento. Se erigió en la dicha de mi vida y me parecían pocas las horas que dedicaba a procurar, desde mi humilde oficio, que todo lo que de mí dependiera estuviera destinado a pretender su bien.

Hacia el 1463 me dijo mi maestro el acemilero, quien me enseñó todo lo que sabía del oficio, que teníamos que partir a Segovia. Me alegré mucho porque echaba de menos a Isabel; se habían marchado a vivir a esta ciudad ella y Alfonso porque Enrique, el rey, así lo había decidido. En Arévalo quedó mi madre, pero era tal la ilusión que me proporcionaba el estar cerca de mi reina que no fui consciente, en aquellos años de juventud, de lo que perdí al separarme de mi madre, ya no la volvería a ver, pues murió al poco tiempo.

1 comentario:

viky frias dijo...

¡Ah, el amor! Nos deja obnubiladas con la ilusión de eternidad y despreciamos el tiempo que perdemos absortas en la amada. Por amor cambiamos de domicilio, malvendemos la casa y nos mudamos a un palomar para arrullarnos. Y entre arrullo y arrullo se nos van los padres, los amigos, la herencia y la cordura. Cuando todos se han ido, también se va el amor.