IV
Una mañana soleada
me dijo que la acompañara
por aquí, muy cerca,
yo a su vera.
Cabalgamos un buen rato,
llegamos a la orilla del río,
bajó del caballo
y comenzó a desnudarse,
se quitó tantos ropajes
que yo estaba obnubilada,
se quedó con una camisa blanca,
se sumergió en las aguas
y me invitó a seguirla.
Me excusé diciendo
que alguien tenía
que guardar la ropa,
después regresó
y se dejó caer
en la fresca hierba
tendida bajo el sol.
Me acerqué, me senté a su lado
mientras ella cerraba los ojos,
yo miraba su cuerpo
atónita y confusa
la ropa mojada por el agua
dibujaba su silueta…
permanecimos allí un buen rato.
No nos movimos, no hablamos.
Oía su respiración,
toda yo era un suspiro
de deseos y emoción.
Yo, el acemilero.
(Trascrito por M. Godúver)
Una mañana soleada
me dijo que la acompañara
por aquí, muy cerca,
yo a su vera.
Cabalgamos un buen rato,
llegamos a la orilla del río,
bajó del caballo
y comenzó a desnudarse,
se quitó tantos ropajes
que yo estaba obnubilada,
se quedó con una camisa blanca,
se sumergió en las aguas
y me invitó a seguirla.
Me excusé diciendo
que alguien tenía
que guardar la ropa,
después regresó
y se dejó caer
en la fresca hierba
tendida bajo el sol.
Me acerqué, me senté a su lado
mientras ella cerraba los ojos,
yo miraba su cuerpo
atónita y confusa
la ropa mojada por el agua
dibujaba su silueta…
permanecimos allí un buen rato.
No nos movimos, no hablamos.
Oía su respiración,
toda yo era un suspiro
de deseos y emoción.
Yo, el acemilero.
(Trascrito por M. Godúver)
1 comentario:
¡Qué sensualidad
tras de la camisa blanca!
La reina
se dejaba contemplar
con absoluta confianza,
¿sabía que el acemilero
la deseaba?
¿Cuál era su intención?
Porque es acción arriesgada
quedarse en ropa interior
cerca de tu enamorada.
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