martes, 11 de enero de 2011

CRÓNICA DE LA AÑORANZA

XII

Salí con mi reina
por la mañana temprano
y no llevábamos
más compañía
que los dos caballos.
Me pidió que la siguiera
para visitar a su madre
en su otra vivienda,
pues, la habían desplazado
desde Arévalo a Madrigal
los partidarios de Enrique,
su hermanastro.
Una vez en el recinto
nos perdimos unas horas
por sus estancias
y algunos nichos.
Me contaba sus batallitas,
me relataba sus conquistas,
yo escuchaba calladita.
Mas en un momento
en el que intuí que dudaba
tuve que dar mi opinión,
aunque me costara
por lo mucho que la amaba.
No sé cómo la voz
de mi cuerpo salió,
porque mi persona
temblaba por no defraudarla,
y le dije serena aunque con pena:
yo no estoy de acuerdo, mi reina.

Yo, el acemilero.

(Trascrito por M. Godúver)

1 comentario:

viky frias dijo...

La reina pasea a caballo
y la acemilera
va con ella cabalgando.
(Da la impresión que Isabel
nació con un caballo entre los pies;
le gusta tanto montar,
que recorre Castilla en un plis plas.
No monta tanto Fernando,
él tiene otros asuntos entre manos.)
La acemilera es leal,
ofrece su opinión sin rechistar;
si piensa blanco, dice blanco,
aunque Isabel no se baje del caballo.