sábado, 8 de enero de 2011

CRÓNICA DE LA AÑORANZA

XI

Suelo ir a Arévalo
para visitar a Isabel

y tener a su hija
Isabel informada,
esa enfermedad
la tiene preocupada.
Siempre que voy por allí
recuerdo cuando jugábamos…
cada brizna del paisaje
me evoca su imagen.
Me acogen en el monasterio
de la virgen de la Nieva,
es la mitad del camino
y descanso con los dominicos.
Isabel me ha encargado
que, cuando vuelva,
le compre unos paños.
Yo he podido coger
otro libro para leer,
cuando voy a verla
me presta algo para que lea,
en la siguiente visita lo llevo
y me deja otro nuevo,
-es una entrañable relación
la que mantenemos ella y yo-
Isabel dice que me aprecia
por todo lo que hago por ella,
y yo le susurro al oído:
eres la madre de mi reina
y a la mía la he perdido.


Yo, el acemilero


(Transcrito por M. Godúver)

1 comentario:

viky frias dijo...

Adorar a la reina por su madre,
eso es lo que la acemilera hace.
Isabel (hija) no se entera,
la madre parece más despierta
y corresponde al amor con libros,
un preciado tesoro en ese siglo.
¿Cuál sería el contenido de los textos,
qué aprendería la acemilera en ellos?:
¿Enredos celestinescos?
¿Oraciones y vidas de santos?
¿Guerras de moros y cristianos?
¿Algún tratado de ciencia
sobre el sol, la luna y las estrellas?