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Algunos días veo a Inés y a Elvira, siempre las encuentro juntas, tienen la inmensa fortuna de pasar mucho tiempo reunidas porque trabajan en la cocina. Las conocí al poco tiempo de llegar a Segovia y desde entonces estrechamos nuestros lazos gracias a la amistad que surgió y seguimos fomentando, siempre con límites porque ellas no se separan, es una amistad con las dos a la vez, yo concibo la amistad de una en una, pero con ellas no es posible porque siempre andan juntas. Nos tratamos amablemente y nos reímos hasta de nosotras mismas cuando nos vemos. Dicen que se sienten en deuda conmigo porque una vez que necesitaron mi ayuda no dudé un segundo en proporcionársela.
Eso fue hace mucho tiempo…
Un día, al salir de la acemilería, oí unos gritos desesperados, corrí al lugar donde se encontraban las desdichadas y me encontré a Inés defendiéndose frente a unos jovenzuelos, Elvira gritaba y trataba de ayudarla, pero se sentía extenuada. Conseguimos que se marcharan gracias a que se me ocurrió emitir un grito sobrehumano de: alto, mozalbetes, llegan caballeros armados. Lo cierto es que salieron huyendo y pudimos arrebatarles a Inés. Elvira se acercaba a ella gimiendo, la ayudaba a recomponer el cabello y la indumentaria, se consolaban tiernamente. Cada vez que rememoro los hechos me indigna lo que tuve que presenciar: el sufrimiento al que fueron sometidas al ser tratadas de manera tan inhumana. No desconfiaron de mí, menos mal, me dijeron sus nombres y me preguntaron el mío, todos me llaman acemilero –les dije.
Nos dirigimos a la cocina, el lugar donde pasan casi todo el día trajinando. Me pusieron al tanto de cómo lograron aquellos sinvergüenzas engañarlas para que salieran de sus lugares cotidianos. Me dieron algo para que comiera mientras siguieron contándome algo de sus vidas. Ellas preguntaban por la mía. Me animaron a que pasara frecuentemente por allí porque podían proporcionarme algún alimento, me debieron ver muy enjuta a juzgar por el empeño que pusieron en que comiera algo.
Inés es alta y delgada, con una cara como de haberlo tenido todo resuelto, de tener siempre a alguien cerca que cuidara de ella. Luego, cuando nos conocimos más a lo largo de los años me di cuenta que había sufrido mucho, pero reconocía que tenía a Elvira y que desde que se conocieron estaban juntas y eso era lo más importante para ella. Elvira tiene unos años menos que Inés, sin embargo, parece mayor porque ha trabajado desde muy niña en todo tipo de actividades y está más curtida, incluso físicamente se le nota que el tiempo ha dejado una gran huella en su rostro. Las miradas que se dirigen y la forma de hablarse la una a la otra las delatan como algo más que amigas, conmigo no ocultan lo mucho que se quieren.
Inés insinúa una sonrisa que recuerda el movimiento de las olas en momentos de calma y en su mirada se puede apreciar la cualidad cristalina del agua, transparente y líquida, es como si una lágrima, no se sabe bien si de risa o de llanto, limpiara en todo momento su forma de mirar; resulta muy elocuente. Comunica confianza, alguien con quien no hay nada que temer.
Elvira es amable, sonríe escasas veces y su mirar es contundente, como si no necesitara a nadie más, comprobé su fragilidad en varias ocasiones, especialmente aquel día que las conocí.
A mi madre se le ocurrió que podía llegar a ser uno de los acemileros. No sé cómo se le pudo pasar por la cabeza aquella idea, lo cierto es que consiguió que me admitieran entre ellos. Pasados los años he podido comprender que ella lo que quiso fue ocultarme tras una máscara para que me defendiera mejor entre mis semejantes, me escondió tras las ropas de varón, me puso una armadura, era la forma de que ningún hombre abusara de mí y de que pudiera encontrar más fácilmente una ocupación en la vida, como así fue. La vestimenta varonil me facilitó el estar oculta a miradas masculinas, el no poder mostrar mi cuerpo a los demás también me privó de una vida sexual completa y tampoco tuve hijos paridos por mí. Tantas veces me repitió estas frases: "Recuerda siempre que no puedes desnudarte ante nadie, que tu cuerpo debe permanecer oculto". Mi madre murió cuando yo era joven. Inés y Elvira me consolaron discretamente durante el tiempo necesario para que pudiera salir adelante después de aquella terrible experiencia, acababa de conocerlas. Desde entonces ellas han sido mi única familia.
Cuando tengo tiempo libre me paso por la cocina y las encuentro en sus quehaceres cotidianos, trabajan a todas horas porque la preparación de las comidas requiere mucho tiempo, siempre tienen algo entre manos. Cuando pelan y preparan los alimentos para ser cocinados se sientan en una larga mesa, procuro ir por la noche porque nos podemos dedicar a hablar un rato mientras les ayudo en sus faenas. Por la noche dejan cocinados algunos platos del día siguiente, suelo ir en esos momentos para estar cerca de ellas. Terminan sus quehaceres y nos despedimos; me retiro a las cuadras a dormir, ellas duermen cerca de la cocina.
Conocen muy bien las hierbas para condimentar los potajes y todo tipo de carnes. Convierten su trabajo en una obra primorosa, la compenetración en sus actos y gestos resulta entrañable, parece que no hayan hecho otra cosa en su vida nada más que cocinar, en realidad es así, porque ellas son unos años mayores que yo y ya servían en la cocina cuando yo vivía en Arévalo.
Algunos días veo a Inés y a Elvira, siempre las encuentro juntas, tienen la inmensa fortuna de pasar mucho tiempo reunidas porque trabajan en la cocina. Las conocí al poco tiempo de llegar a Segovia y desde entonces estrechamos nuestros lazos gracias a la amistad que surgió y seguimos fomentando, siempre con límites porque ellas no se separan, es una amistad con las dos a la vez, yo concibo la amistad de una en una, pero con ellas no es posible porque siempre andan juntas. Nos tratamos amablemente y nos reímos hasta de nosotras mismas cuando nos vemos. Dicen que se sienten en deuda conmigo porque una vez que necesitaron mi ayuda no dudé un segundo en proporcionársela.
Eso fue hace mucho tiempo…
Un día, al salir de la acemilería, oí unos gritos desesperados, corrí al lugar donde se encontraban las desdichadas y me encontré a Inés defendiéndose frente a unos jovenzuelos, Elvira gritaba y trataba de ayudarla, pero se sentía extenuada. Conseguimos que se marcharan gracias a que se me ocurrió emitir un grito sobrehumano de: alto, mozalbetes, llegan caballeros armados. Lo cierto es que salieron huyendo y pudimos arrebatarles a Inés. Elvira se acercaba a ella gimiendo, la ayudaba a recomponer el cabello y la indumentaria, se consolaban tiernamente. Cada vez que rememoro los hechos me indigna lo que tuve que presenciar: el sufrimiento al que fueron sometidas al ser tratadas de manera tan inhumana. No desconfiaron de mí, menos mal, me dijeron sus nombres y me preguntaron el mío, todos me llaman acemilero –les dije.
Nos dirigimos a la cocina, el lugar donde pasan casi todo el día trajinando. Me pusieron al tanto de cómo lograron aquellos sinvergüenzas engañarlas para que salieran de sus lugares cotidianos. Me dieron algo para que comiera mientras siguieron contándome algo de sus vidas. Ellas preguntaban por la mía. Me animaron a que pasara frecuentemente por allí porque podían proporcionarme algún alimento, me debieron ver muy enjuta a juzgar por el empeño que pusieron en que comiera algo.
Inés es alta y delgada, con una cara como de haberlo tenido todo resuelto, de tener siempre a alguien cerca que cuidara de ella. Luego, cuando nos conocimos más a lo largo de los años me di cuenta que había sufrido mucho, pero reconocía que tenía a Elvira y que desde que se conocieron estaban juntas y eso era lo más importante para ella. Elvira tiene unos años menos que Inés, sin embargo, parece mayor porque ha trabajado desde muy niña en todo tipo de actividades y está más curtida, incluso físicamente se le nota que el tiempo ha dejado una gran huella en su rostro. Las miradas que se dirigen y la forma de hablarse la una a la otra las delatan como algo más que amigas, conmigo no ocultan lo mucho que se quieren.
Inés insinúa una sonrisa que recuerda el movimiento de las olas en momentos de calma y en su mirada se puede apreciar la cualidad cristalina del agua, transparente y líquida, es como si una lágrima, no se sabe bien si de risa o de llanto, limpiara en todo momento su forma de mirar; resulta muy elocuente. Comunica confianza, alguien con quien no hay nada que temer.
Elvira es amable, sonríe escasas veces y su mirar es contundente, como si no necesitara a nadie más, comprobé su fragilidad en varias ocasiones, especialmente aquel día que las conocí.
A mi madre se le ocurrió que podía llegar a ser uno de los acemileros. No sé cómo se le pudo pasar por la cabeza aquella idea, lo cierto es que consiguió que me admitieran entre ellos. Pasados los años he podido comprender que ella lo que quiso fue ocultarme tras una máscara para que me defendiera mejor entre mis semejantes, me escondió tras las ropas de varón, me puso una armadura, era la forma de que ningún hombre abusara de mí y de que pudiera encontrar más fácilmente una ocupación en la vida, como así fue. La vestimenta varonil me facilitó el estar oculta a miradas masculinas, el no poder mostrar mi cuerpo a los demás también me privó de una vida sexual completa y tampoco tuve hijos paridos por mí. Tantas veces me repitió estas frases: "Recuerda siempre que no puedes desnudarte ante nadie, que tu cuerpo debe permanecer oculto". Mi madre murió cuando yo era joven. Inés y Elvira me consolaron discretamente durante el tiempo necesario para que pudiera salir adelante después de aquella terrible experiencia, acababa de conocerlas. Desde entonces ellas han sido mi única familia.
Cuando tengo tiempo libre me paso por la cocina y las encuentro en sus quehaceres cotidianos, trabajan a todas horas porque la preparación de las comidas requiere mucho tiempo, siempre tienen algo entre manos. Cuando pelan y preparan los alimentos para ser cocinados se sientan en una larga mesa, procuro ir por la noche porque nos podemos dedicar a hablar un rato mientras les ayudo en sus faenas. Por la noche dejan cocinados algunos platos del día siguiente, suelo ir en esos momentos para estar cerca de ellas. Terminan sus quehaceres y nos despedimos; me retiro a las cuadras a dormir, ellas duermen cerca de la cocina.
Conocen muy bien las hierbas para condimentar los potajes y todo tipo de carnes. Convierten su trabajo en una obra primorosa, la compenetración en sus actos y gestos resulta entrañable, parece que no hayan hecho otra cosa en su vida nada más que cocinar, en realidad es así, porque ellas son unos años mayores que yo y ya servían en la cocina cuando yo vivía en Arévalo.
1 comentario:
Cada cual busca los seres que se le parecen, y es natural que el acemilero-acemilera se sienta próximo a Inés y Elvira que debieron ser unas avanzadas en eso de hacer pan y bollería para la reina.
Ya quisiera la acemilera cocinar con Isabel, pero las reinas, ¡ay!, no se acercan a las cocinas, y todo lo cuecen en los salones de palacio, rodeadas de sesudos varones que les aconsejan, y vigiladas por la guardia de seguridad que no les permite un desliz, y menos una desliza.
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