lunes, 31 de enero de 2011

CRÓNICA DE LA AÑORANZA

XVI

Hoy he visto a mis amigas, es un placer poder pasar unas horas con ellas, me ponen al día de todo lo ocurrido por aquí y por allá, no sé de donde les llega tanta información. En los fogones se condimentan algo más que alimentos -me dicen.
Me gusta pasarme de vez en cuando por allí, necesito sentirlas cerca, recibir el calor humano que ellas me saben dar, yo me brindo a todo lo que pueda hacer por ellas y el cariño entre nosotras es patente. Cuando me aproximo a la cocina algunas veces oigo una voz que les avisa: Inés, Elvira, llega el acemilero. Me acerco a ellas para abrazarlas, saludo a las demás y me incorporo al trabajo que tengan entre manos.
El contacto humano, las conversaciones al calor de la lumbre, las miradas que nos dirigimos y las risas que compartimos llenan en parte mi vida.
Me han puesto al corriente de todos los problemas que ha provocado el matrimonio de mi reina con Fernando, de las divisiones entre los partidarios de uno u otro bando en la lucha por el poder. Me hablan de Carrillo, de Pacheco, de los Mendoza o de los Álvarez de Toledo...
Y, cómo no, de los amoríos de la reina Juana, la esposa de Enrique.
Mientras los de arriba luchan por conseguir más poder se van quedando las arcas vacías, suben los impuestos y todo recae sobre el pueblo. Sociedad de más caballeros y menos pecheros no trae nada bueno. Estos años de luchas fratricidas dejan mermadas las tierras castellanas. Y no hablemos de las de su primo el de Aragón, que llevan años de guerras en el interior y en el exterior.


Acabo de leer unos versos de Petrarca a Laura y me identifico con el poeta en lo que yo siento por mi reina.

jueves, 27 de enero de 2011

CRÓNICA DE LA AÑORANZA

XV

Hoy he visitado el Prado,
he mirado tantos cuadros…
han pasado quinientos años.
Me ha sorprendido ver
en un hermoso claustro
los mármoles y bronces
de los Leoni,
dejaron inmortalizada
la descendencia
de mi amada, mi señora.
En un alarde de autonomía
me he salido de la cabeza
de mi descubridora
y he seguido a solas;
ella por su cuenta
y yo por la mía.
A Isabel la conocen
como “la Católica”
y a su hija Juana
la tachan de “la Loca”.
He buscado por las salas
alguna pintura
con escenas de mi época,
para ver si algún genial pintor
hubiere esbozado
en un sublime trazo
el amor que la acemilera
sintió por su reina.


Yo, el acemilero

(Trascrito por M. Godúver)

sábado, 22 de enero de 2011

CRÓNICA DE LA AÑORANZA

XIV


Cuentan que a Isabel
la proclaman princesa
en el tratado de los toros
de Guisando que firman
los dos hermanos
en presencia de prelados,
nobles y caballeros
que los acompañan.
Ahora queda desplazada
Juana, la llamada Beltraneja.
Después se han casado
Isabel y Fernando,
y Enrique ni se ha enterado,
algunos dicen que con los líos
de su esposa Juana
y el de la Cueva
su hija no vale para reina.
Mas después de este enlace
Enrique se enfada
y vuelve a nombrar princesa
a su hija Juana.
¡Vuelven las afrentas!

Yo, el acemilero

(Transcrito por M. Godúver)

domingo, 16 de enero de 2011

CRÓNICA DE LA AÑORANZA

XIII


Hoy estaba triste
mi reina,
tiene tantos asuntos
en la cabeza.
La miraba
mientras cogía
algún objeto
de la mesa,
me pidió
que la siguiera
hasta la puerta
de la muralla,
se marchaba
de viaje
dejando vacío
el paisaje.
¿Cuántos días
tendré que esperar
hasta volver
a verla?

Es tal la tristeza
de tu mirada
que a mí se me saltan
las lágrimas,
en este momento
me gustaría
estrecharte
en mis brazos
y solo queda
un guiño cómplice
y un mirar cabizbajo.




Yo, el acemilero

(Transcrito por M. Godúver)

martes, 11 de enero de 2011

CRÓNICA DE LA AÑORANZA

XII

Salí con mi reina
por la mañana temprano
y no llevábamos
más compañía
que los dos caballos.
Me pidió que la siguiera
para visitar a su madre
en su otra vivienda,
pues, la habían desplazado
desde Arévalo a Madrigal
los partidarios de Enrique,
su hermanastro.
Una vez en el recinto
nos perdimos unas horas
por sus estancias
y algunos nichos.
Me contaba sus batallitas,
me relataba sus conquistas,
yo escuchaba calladita.
Mas en un momento
en el que intuí que dudaba
tuve que dar mi opinión,
aunque me costara
por lo mucho que la amaba.
No sé cómo la voz
de mi cuerpo salió,
porque mi persona
temblaba por no defraudarla,
y le dije serena aunque con pena:
yo no estoy de acuerdo, mi reina.

Yo, el acemilero.

(Trascrito por M. Godúver)

sábado, 8 de enero de 2011

CRÓNICA DE LA AÑORANZA

XI

Suelo ir a Arévalo
para visitar a Isabel

y tener a su hija
Isabel informada,
esa enfermedad
la tiene preocupada.
Siempre que voy por allí
recuerdo cuando jugábamos…
cada brizna del paisaje
me evoca su imagen.
Me acogen en el monasterio
de la virgen de la Nieva,
es la mitad del camino
y descanso con los dominicos.
Isabel me ha encargado
que, cuando vuelva,
le compre unos paños.
Yo he podido coger
otro libro para leer,
cuando voy a verla
me presta algo para que lea,
en la siguiente visita lo llevo
y me deja otro nuevo,
-es una entrañable relación
la que mantenemos ella y yo-
Isabel dice que me aprecia
por todo lo que hago por ella,
y yo le susurro al oído:
eres la madre de mi reina
y a la mía la he perdido.


Yo, el acemilero


(Transcrito por M. Godúver)

jueves, 6 de enero de 2011

CRÓNICA DE LA AÑORANZA

X


Algunos días veo a Inés y a Elvira, siempre las encuentro juntas, tienen la inmensa fortuna de pasar mucho tiempo reunidas porque trabajan en la cocina. Las conocí al poco tiempo de llegar a Segovia y desde entonces estrechamos nuestros lazos gracias a la amistad que surgió y seguimos fomentando, siempre con límites porque ellas no se separan, es una amistad con las dos a la vez, yo concibo la amistad de una en una, pero con ellas no es posible porque siempre andan juntas. Nos tratamos amablemente y nos reímos hasta de nosotras mismas cuando nos vemos. Dicen que se sienten en deuda conmigo porque una vez que necesitaron mi ayuda no dudé un segundo en proporcionársela.
Eso fue hace mucho tiempo…
Un día, al salir de la acemilería, oí unos gritos desesperados, corrí al lugar donde se encontraban las desdichadas y me encontré a Inés defendiéndose frente a unos jovenzuelos, Elvira gritaba y trataba de ayudarla, pero se sentía extenuada. Conseguimos que se marcharan gracias a que se me ocurrió emitir un grito sobrehumano de: alto, mozalbetes, llegan caballeros armados. Lo cierto es que salieron huyendo y pudimos arrebatarles a Inés. Elvira se acercaba a ella gimiendo, la ayudaba a recomponer el cabello y la indumentaria, se consolaban tiernamente. Cada vez que rememoro los hechos me indigna lo que tuve que presenciar: el sufrimiento al que fueron sometidas al ser tratadas de manera tan inhumana. No desconfiaron de mí, menos mal, me dijeron sus nombres y me preguntaron el mío, todos me llaman acemilero –les dije.
Nos dirigimos a la cocina, el lugar donde pasan casi todo el día trajinando. Me pusieron al tanto de cómo lograron aquellos sinvergüenzas engañarlas para que salieran de sus lugares cotidianos. Me dieron algo para que comiera mientras siguieron contándome algo de sus vidas. Ellas preguntaban por la mía. Me animaron a que pasara frecuentemente por allí porque podían proporcionarme algún alimento, me debieron ver muy enjuta a juzgar por el empeño que pusieron en que comiera algo.
Inés es alta y delgada, con una cara como de haberlo tenido todo resuelto, de tener siempre a alguien cerca que cuidara de ella. Luego, cuando nos conocimos más a lo largo de los años me di cuenta que había sufrido mucho, pero reconocía que tenía a Elvira y que desde que se conocieron estaban juntas y eso era lo más importante para ella. Elvira tiene unos años menos que Inés, sin embargo, parece mayor porque ha trabajado desde muy niña en todo tipo de actividades y está más curtida, incluso físicamente se le nota que el tiempo ha dejado una gran huella en su rostro. Las miradas que se dirigen y la forma de hablarse la una a la otra las delatan como algo más que amigas, conmigo no ocultan lo mucho que se quieren.
Inés insinúa una sonrisa que recuerda el movimiento de las olas en momentos de calma y en su mirada se puede apreciar la cualidad cristalina del agua, transparente y líquida, es como si una lágrima, no se sabe bien si de risa o de llanto, limpiara en todo momento su forma de mirar; resulta muy elocuente. Comunica confianza, alguien con quien no hay nada que temer.
Elvira es amable, sonríe escasas veces y su mirar es contundente, como si no necesitara a nadie más, comprobé su fragilidad en varias ocasiones, especialmente aquel día que las conocí.

A mi madre se le ocurrió que podía llegar a ser uno de los acemileros. No sé cómo se le pudo pasar por la cabeza aquella idea, lo cierto es que consiguió que me admitieran entre ellos. Pasados los años he podido comprender que ella lo que quiso fue ocultarme tras una máscara para que me defendiera mejor entre mis semejantes, me escondió tras las ropas de varón, me puso una armadura, era la forma de que ningún hombre abusara de mí y de que pudiera encontrar más fácilmente una ocupación en la vida, como así fue. La vestimenta varonil me facilitó el estar oculta a miradas masculinas, el no poder mostrar mi cuerpo a los demás también me privó de una vida sexual completa y tampoco tuve hijos paridos por mí. Tantas veces me repitió estas frases: "Recuerda siempre que no puedes desnudarte ante nadie, que tu cuerpo debe permanecer oculto". Mi madre murió cuando yo era joven. Inés y Elvira me consolaron discretamente durante el tiempo necesario para que pudiera salir adelante después de aquella terrible experiencia, acababa de conocerlas. Desde entonces ellas han sido mi única familia.
Cuando tengo tiempo libre me paso por la cocina y las encuentro en sus quehaceres cotidianos, trabajan a todas horas porque la preparación de las comidas requiere mucho tiempo, siempre tienen algo entre manos. Cuando pelan y preparan los alimentos para ser cocinados se sientan en una larga mesa, procuro ir por la noche porque nos podemos dedicar a hablar un rato mientras les ayudo en sus faenas. Por la noche dejan cocinados algunos platos del día siguiente, suelo ir en esos momentos para estar cerca de ellas. Terminan sus quehaceres y nos despedimos; me retiro a las cuadras a dormir, ellas duermen cerca de la cocina.
Conocen muy bien las hierbas para condimentar los potajes y todo tipo de carnes. Convierten su trabajo en una obra primorosa, la compenetración en sus actos y gestos resulta entrañable, parece que no hayan hecho otra cosa en su vida nada más que cocinar, en realidad es así, porque ellas son unos años mayores que yo y ya servían en la cocina cuando yo vivía en Arévalo.

domingo, 2 de enero de 2011

CRÓNICA DE LA AÑORANZA

IX

La muerte de su hermano
la dejó sin fuerzas
para continuar
en las luchas intestinas
de las gentes de Castilla.
Se fue a un convento
para paliar el sufrimiento,
pero parte de la nobleza
y algunos de la iglesia
no la dejaban en paz
porque confiaban
en que podía ser reina
y la fueron a rescatar.
Mientras viva
Enrique -respondió
ella-, no habrá nada
de qué hablar
en lo tocante a gobernar.


Yo, el acemilero

(Trascrito por M. Godúver)