martes, 5 de abril de 2011

CRÓNICA DE LA AÑORANZA

XLV



Aquí, en las tierras


de Castilla,


se agolpan la infancia


y el ocaso de mi vida.


Una vez más montaré


a caballo


para llegar rápido


al lugar donde un día


me invitó a seguirla.


Hoy voy para allá,


espero encontrarla


y no separarnos más.


Llegaré al río


de nuestro Arévalo


de niñas, me sumergiré


en las aguas después


de quitarme la máscara.


La historia de mi vida


la sepultaré en Medina,


allí donde nos vimos


por última vez


y me preguntó:


¿Cuál es tu nombre?


¿Sospecharía en algún


momento que ocultaba


mi cuerpo


para que se confundiera


mi género?


El nombre es Mencía,


así me llamaba mi madre


cuando me arrullaba


mientras me dormía.




Yo, el acemilero


(Trascrito por M. Godúver)

1 comentario:

viky frias dijo...

Mencía, doña Mencía,
bien lo tenía guardado
para que no se supiera
que era mujer, la acemilera.
Y como no existían
oficios para las damas
ni se les permitía
amar a quienes querían,
¡cuántas mujeres ocultas
con ropajes de varones
habrá habido en el pasado!
Porque hay veces que la historia,
también tiene cosas buenas,
y es raro que los varones
sean siempre artífices de ellas.