Anoche me acosté recordando un cuento que nos narró mi abuelo Agustín.
Yo acababa de discutir con mi hermano porque mi madre le había regalado un juguete que a él no le produjo mucha alegría.
Cuando nos reuníamos con mi abuelo nos gustaba que nos contara
historias, ¡sabía tantas! En el invierno nos sentábamos junto a la chimenea y él comenzaba a hablar despacio, con voz sonora y
suave, penetrante, en un tono más bajo de lo
habitual. Nos acercábamos porque no queríamos perdernos ningún detalle. Si
hacía calor solíamos situarnos cerca del patio, en el porche, allí se gozaba de
una agradable temperatura.
Aquel día hacía bastante frío y nos reunimos junto a la lumbre. Nos
invitó a sentarnos, nos dijo que le contáramos lo que nos sucedía porque nos
oyó discutir y después de habernos calmado comenzó a contarnos otro de sus
cuentos:
Había una vez dos niños, sus vidas transcurrían en circunstancias y
lugares diferentes.
Ricardo, así se llamaba uno de ellos, vivía en una mansión suntuosa,
adornada con objetos muy valiosos. Todo cuanto pudiera desear lo tenía a su
alcance.
El niño iba vestido con camisa blanca y corbata, chaqueta azul marino,
pantalón gris y zapatos relucientes. No se le negaba nada. Era uno de esos
niños que piensan que su padre lo puede conseguir todo.
Se acercaba la noche de los Reyes Magos, ya contaba con los nuevos
juguetes que había visto en los escaparates de las calles que frecuentaba cuando
salía de compras con su madre. Los pidió todos. En su casa tenía toda clase de
objetos para jugar, los cuales, cada vez se perfeccionaban más y eran más
llamativos, más apetecibles. Y, además, sabía que el día seis de enero los
encontraría junto a sus zapatos. Esperaba impaciente la fecha. Pensaba que al
ver aquel montón de juguetes a su alcance se pondría muy contento. Después se
cansaba pronto y, como otras veces, los arrinconaba con los más antiguos hasta
que algún día se acordaba de que estaban allí y los cogía un rato, pero todos
le aburrían.
Lo importante para él era tener en sus manos lo que había pedido, saber que eran suyos, disponer de ellos a su
antojo. Algunas veces se cansaba de oír la frase: “te los traerán los Reyes”.
Lo había visto en el escaparate de las tiendas que había frente a su palacete.
¿Por qué había que esperar a los Reyes Magos? –Se preguntaba.
Al fin llegó el día.
Se despertó seguro de que estarían todos los juguetes que había pedido.
Calzó sus pies con las zapatillas colocadas, previamente, junto a su cama por
una de las mujeres del servicio doméstico y se vistió con el batín que le
dejaron a los pies del lecho donde había descansado. Bajó corriendo por la
escalera hasta llegar a la inmensa sala donde había dejado los zapatos la noche
anterior.
Abrió apresurado los bien envueltos paquetes para ver los regalos y
comprobar que estaban todos, que eran suyos. Pero faltaba la batería. Cuando el
papá de Ricardo se dio cuenta de que no estaba conforme, le dijo que cogiera el
paquete que esperaba junto a los demás y
que todavía no había abierto. Quizás allí comprendería por qué no se la habían
traído.
Comenzó a desenvolverlo desgarrando
papel y caja, pues, empezaba a
enfurecerse al no ver aquellos tambores
que tanto le habían llamado la atención. Al abrir la caja encontró un violín y
un papel escrito. Cogió el violín mirándolo con un poco de desprecio, lo dejó
sobre la mesa. Después leyó la nota enfadado.
“No hemos podido traerte la batería que nos habías pedido, una vez le
trajimos a tu padre un violín y se puso muy contento, pensamos que a ti te
gustaría”.
Firmaban los Reyes Magos de Oriente.
-¿Por qué me han hecho esto papá?, –preguntó Ricardo.
-No habrán encontrado lo que tú querías, hijo, -contestó el padre.
-Pero los Reyes pueden regalarlo todo ¿no?, -insistió el niño.
-No habría suficientes –dijo su padre.
-Que hubieran fabricado otra.
-No te preocupes, te la regalaré yo. ¿No te gusta el violín?
-A mí no, -dijo el hijo.
Empezó a jugar con los demás regalos y le volvió a pedir a su padre que
le comprara pronto la batería que no le habían traído los Reyes Magos.
-Mañana la compraré, -le dijo el padre con voz dolida.
El padre salió muy triste de la sala donde había estado junto a su
hijo.
Bien, veamos lo que sucedió al otro niño, -continuó mi abuelo.
Miguel, el otro pequeño, vivía en una casita modesta. Tenía cinco
hermanos, él era uno de los menores, bastante travieso.
Las prendas que cubrían su cuerpo estaban limpias y eran de abrigo (así
lo requería el frío de aquellas fechas en esos parajes), pantalón de pana con
rodilleras, jersey tejido a mano y una camisa que le quedó pequeña al hermano
que le precedía en edad. Sus botas habían sido remendadas y los cordones
renovados.
El niño se comportaba bien, al menos lo intentaba, pero procuraba ser
mejor en estas fechas tan próximas a los Reyes Magos para que le trajeran lo
que les había pedido. Preguntaba a su madre si tenía que colaborar en
quehaceres domésticos y hasta los demás hermanos y hermanas notaban su afán por
parecer bueno, además de serlo. Le habían dicho los hermanos mayores que, si
era bueno, los Reyes Magos le traerían aquello que él deseara más. Y, desde
entonces, soñaba con otra cometa.
Por la noche, miraba las estrellas desde una de las ventanas. Pensaba
que su nueva cometa podría llegar hasta allí. ¡A lo más alto!
Este año, como había sido muy bueno, al fin se acordarían de él.
¡Encontrar en el zapato una nueva cometa era su gran ilusión! No pasaría como
otros años que no le habían dejado ningún juguete o le habían traído algo que
él no deseaba. Siempre les pedía a los Reyes Magos el regalo con voz susurrante
para que nadie se enterara de lo que él quería, de lo que más deseaba.
Ya tenía una cometa, pero muy pequeña, se la había confeccionado su
hermana mayor y tenía que arreglársela muchas veces porque se rompía. Quería
una cometa nueva, grande y que subiera hasta las nubes.
Llegó el esperado día de Reyes y cuando fue a coger su regalo vio que
le habían dejado una bufanda.
-¿Habías pedido esto?, –le preguntó una de sus hermanas.
-Pues claro que no, -contestó Miguel.
-Se rompió tu bufanda cuando
rodeaste con ella el cuello del último muñeco de nieve que hicimos, ¿no te acuerdas?, han
pensado que necesitabas otra –dijo Nieves, la hermana mayor.
-Hacía mucho frío ahí fuera para dejar al muñeco sin bufanda, -musitó
el niño.
-¡Qué querías?, -le preguntó Pedro, otro de sus hermanos.
-No os lo diré.
Extendió la bufanda y la situó, maquinalmente, sobre sus hombros, uno
de los extremos se deslizó por la espalda. Se alegró un poco porque así sentía
menos el frío. Después cogió su cometa y salió fuera, miró al cielo, tendría
que seguir jugando con esa vieja cometa. No me han traído una nueva –pensó- me
tengo que portar mejor el año próximo.
Lanzó la cometa al viento, aunque sabía que no iba a elevarse
demasiado.
Mi abuelo hablaba pausadamente. Lo observé, los ojos le brillaban a la
luz de las llamas, su mirada era acogedora. Sus arrugadas manos temblaban, a
veces, debido a la edad. ¡Cuánto trabajaba!
Cuando acabó el relato y llegó el silencio se oía el crepitar del fuego
en la chimenea. Parecía como si hubiéramos sido transportados a un misterioso y
anhelado lugar. Se respiraba sosiego. ¡Sus historias eran tan hermosas, tan
oportunas!
Después añadió: “Pensad que quien ofrece un regalo a un ser querido es
porque cree que le gustará y le procurará contento. Hay que saber recibir,
aceptar los regalos con alegría.”
Se levantó y caminó por aquella cocina tan frecuentada por todos, luego
salió al porche. Se alejó lentamente con su cuerpo esbelto, su rostro aguileño.
Era un hombre de ideas claras, de sentimientos
profundos, un hombre de paz.
Hoy es cinco de Enero, he mirado a través del cristal de la ventana
para observar el exterior y ver la gente que transita por estas amplias calles.
He visto a una niña que paseaba junto a su madre y llevaba un globo en
la mano, se le ha escapado la cuerda de entre los dedos… los esfuerzos de ambas
por recuperarlo han sido inútiles.
También pasaba un grupo de chicos y chicas, corrían de un extremo a
otro de la calle, jugueteando. El más gordito se ha enfadado porque otro de
temperamento nervioso le ha gastado una broma.
Ha pasado un automóvil engalanado con objetos festivos. El claxon
emitía un sonido poco agradable.
He corrido las cortinas y me he sentado a recordar algunos momentos de
mi niñez, después he tomado un bolígrafo y me he puesto a escribir: Mañana
muchos niños sonreirán, y otros…
M. Godúver