Algunas veces he pensado
en mis vecinos cercanos,
no sé cómo se llaman,
cuántos años tienen;
ni si están tristes o alegres.
Este es un edificio
en el que la mayoría
de los apartamentos
están ocupados por inquilinos.
No pasan más de tres o cuatro meses
sin que me encuentre con una cara nueva.
Conocí a una familia compuesta
por madre, padre y niña,
no sé cuánto tiempo vivieron aquí,
lo cierto es que acabé conociendo
sus nombres: la madre se llamaba Elisa,
la hija Andrea y el padre Jorge.
Un día desaparecieron del inmueble…
Elisa para siempre.
M. Godúver
miércoles, 1 de junio de 2011
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1 comentario:
La libertad en las ciudades
se tiene a cambio del anonimato.
No sé cuántas Elisas nacerán al día,
ni cuántas se mudarán de cuarto
pero, aunque los vecinos las olviden,
en algún corazón se van quedando.
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