Caminábamos por largos pasillos,
vestíamos ropa muy ligera, no la sentía en la piel. Se respiraba un ambiente de
cordialidad y armonía. No hacía frío ni calor. ¿Sería el lugar ideal?
El trabajo que cada cual
realizaba resultaba perfecto, todo estaba programado.
Dedicábamos un tiempo a la
conservación del lugar, otro tanto a la procreación y continuidad de cada
especie. Se le daba suma importancia a la creatividad, a la ciencia, a la
filosofía; a todo aquello que necesitábamos para ser más humanos.
La continuidad, tanto del espacio
que habitábamos como de nosotros mismos y cuanto nos rodeaba, había sido
estudiada hasta el punto de no dejar ningún cabo suelto. Pasaron siglos y no se
detectó ninguna imperfección. En el caso de que se ocasionara algún fallo
mecánico estaba previsto de antemano su arreglo y todo marchaba bien.
La procreación y continuación de
cada especie animal o vegetal era controlada, no aumentaban ni disminuían los
ejemplares. Se seleccionaban con sumo cuidado.
En el terreno de la creatividad
se dejaba total libertad a quien hubiera elegido dedicarse a ello, cada cual
podía hacer uso de sus facultades creativas a su antojo. La ciencia avanzaba a
pasos agigantados.
Todos estábamos contentos con lo
que realizábamos cada día; cuando
terminábamos nuestros respectivos quehaceres nos reuníamos unos con otros, no
había marginación social. La buena relación que manteníamos quienes vivíamos
allí se lograba gracias a la amistad y el respeto mutuo.
El trabajo rutinario era fácil y
de corta realización, consistía en pulsar un botón u otro. En cuestión de
minutos se acababa. La dedicación absoluta a lo que gustaba a cada uno en
particular permitía que hubiera grandes artistas y científicos, también
deportistas, genialidades y
especialistas en todo aquello que engrandece y cultiva el cuerpo y el espíritu.
Los científicos estudiaban el
macro-universo, conocíamos tantas galaxias. Y en lo micro, había estudios de la
materia y la energía hasta lo más mínimo de cuanto nos rodeaba. Los avances
habrían sido inimaginables siglos atrás. No se hubiera podido sospechar el
alcance tan grande que lograría la ciencia.
Nuestras preocupaciones habían
desaparecido, no teníamos motivos, todo estaba controlado.
Se logró casi la perfección, nada
ni nadie podría perturbar la paz que se respiraba en nuestro espacio vital.
Un día hubo una reunión
importante, uno de los miembros de la Comunidad Científica
nos habló de un nuevo descubrimiento. Nos reunimos en el Gran Centro de
Investigación para llegar a un acuerdo sobre cómo explicar a los demás las
ventajas del hallazgo. No sería difícil su comprensión, la capacidad
intelectual de todos cuantos vivíamos allí era apta para entenderlo. Todo era
positivo. Nuestras fuerzas crecían por momentos.
A raíz de este nuevo invento, el
cual nos había llenado de satisfacción a la mayoría, surgieron algunas ideas
entre los artistas y filósofos que nos hicieron pensar sobre lo que podría
haber de verdad en todo aquello. Los días transcurrían como siempre, aunque se
empezaba a notar un cierto desasosiego interior que no era fácil de detectar.
Sin embargo, intuíamos que estaba ahí.
Al principio no le dimos
importancia, pues no la tenía a primera vista,
mas, pasados unos años, nuevas generaciones
habían nacido con una predisposición a la melancolía, a pensar más allá de
nuestras fronteras, formulaban preguntas…
Y la preocupación, que en otro
tiempo no era muy grande como para dar una radical solución a lo que ocurría a
nuestro alrededor, ahora estaba sobrepasando todo límite y teníamos que actuar
sin pérdida de tiempo.
Reflexionábamos, consultábamos en
nuestros archivos electrónicos para conseguir una posible solución. Teníamos
que haber actuado antes, decían los más pesimistas, ahora será más difícil
conocer la raíz del problema. A pesar del gran mal, por el que se había
desestabilizado en parte la armonía del lugar, sabíamos que llegaríamos a buen
término.
Analizamos punto por punto, desde
el principio, seleccionamos las preguntas clave que nos llevaran a las
respuestas precisas.
Mientras tanto, como infectados
por un terrible mal de casi imposible solución, las personas que habitaban el
Gran Lugar caían más y más en el fango de su problema sin remediarlo.
Los encargados del caso en
cuestión nos dimos cuenta de que cada día que pasara sería más difícil acabar
con aquello que se había apoderado de nuestras gentes. Nos preguntábamos: ¿qué
habíamos hecho mal?, ¿qué haríamos ante tal problema?, ¿cuántos tendrían que
ser eliminados hasta acabar con el mal?, ¿nuestra solución sería la mejor?
No podíamos correr el riesgo de
que las personas que aún no padecían el mal se contagiaran. Por este motivo,
aislamos a cuantos parecían no estar afectados en absoluto. También pudimos
separar a tiempo a los menos afectados. Al llevar a cabo todas estas
precauciones, aunque se hicieron de la mejor manera posible, no pasaron
inadvertidas a los demás, con lo cual cundió el pánico y la desesperación.
Jamás hubiera imaginado que por
aquellas dudas de nuestros eminentes pensadores o el avance de aquel hecho
puntual en la ciencia, como otros opinaban -había dos grupos que opinaban de
manera diferente a la hora de analizar la situación-, se pudieran ocasionar
tantos problemas.
Parecía que iba a llegar el caos
absoluto. Todos temían una inminente destrucción del Gran Lugar y comenzó la
lucha por la supervivencia.
Se esforzaban por conocer la
fórmula para salir con vida de aquel posible aniquilamiento en masa. Con sus
miedos, sus prisas, su falta de serenidad para pensar en la realidad que nos
rodeaba lo único que consiguieron fue acelerar la destrucción. Siguieron unos
meses agotadores, teníamos que prepararlo todo, saber cuánto necesitaríamos
después.
Nuestra decisión se precipitó por
el gran peligro que nos íbamos encontrando a cada paso que dábamos. Un hecho
imprevisto vino a tirar por la borda nuestros planes, proyectos minuciosos que
no habrían fallado. Pensamos en la posible salvación de todos, con un poco más
de tiempo hubiéramos acabado con el mal.
Sumidos en la desesperación
actuábamos de manera absurda. Empezamos por dejar de hacer el trabajo habitual
y la desorganización no nos ayudó lo más mínimo.
Personas que no sabían manejar
las complicadas aeronaves intentaron marcharse del lugar y lo que consiguieron
fue una muerte anticipada. Los que presumían de más cuerdos tramaron miles de
astucias para engañarnos acerca de su estado.
Necesitamos realizar nuevos
exámenes a los afectados, pensar en otros proyectos. La mayoría se había
dedicado a destrozar, sin compasión, todo cuanto encontraba en su camino. La
situación empeoraba por minutos. Y llegó el día previsto para destruir el Gran
Lugar.
Era muy temprano, nos instalamos
en las aeronaves un millar de los no afectados para ser salvados, nos
dirigíamos a otras latitudes. Después de alejarnos de allí, saltó por los aires
el Gran Lugar desmoronándose cualquier rastro de vida. Desde las tres naves nos
comunicábamos satisfechos de haberlo logrado, pero un hecho imposible de prever
enturbió de pronto nuestra dicha. Una de las naves estalló en minúsculos pedazos,
momentos después otra. No dábamos crédito a lo que estaba ocurriendo, seguíamos
navegando por el espacio esperando, quizás, el momento en el que fallaría
nuestra aeronave.
M. Godúver

1 comentario:
¿Conseguirán salvarse? No, la última nave estallará también, porque han descubierto algo, ¿la melancolía? Ya son humanos, o más, son artistas, y su destino es terrible.
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