lunes, 23 de julio de 2012

EN OTRO PUNTO DE LA GALAXIA





Caminábamos por largos pasillos, vestíamos ropa muy ligera, no la sentía en la piel. Se respiraba un ambiente de cordialidad y armonía. No hacía frío ni calor. ¿Sería el lugar ideal?
El trabajo que cada cual realizaba resultaba perfecto, todo estaba programado.
Dedicábamos un tiempo a la conservación del lugar, otro tanto a la procreación y continuidad de cada especie. Se le daba suma importancia a la creatividad, a la ciencia, a la filosofía; a todo aquello que necesitábamos para ser más humanos.
La continuidad, tanto del espacio que habitábamos como de nosotros mismos y cuanto nos rodeaba, había sido estudiada hasta el punto de no dejar ningún cabo suelto. Pasaron siglos y no se detectó ninguna imperfección. En el caso de que se ocasionara algún fallo mecánico estaba previsto de antemano su arreglo y todo marchaba bien.
La procreación y continuación de cada especie animal o vegetal era controlada, no aumentaban ni disminuían los ejemplares. Se seleccionaban con sumo cuidado.
En el terreno de la creatividad se dejaba total libertad a quien hubiera elegido dedicarse a ello, cada cual podía hacer uso de sus facultades creativas a su antojo. La ciencia avanzaba a pasos agigantados.
Todos estábamos contentos con lo que realizábamos cada día; cuando terminábamos nuestros respectivos quehaceres nos reuníamos unos con otros, no había marginación social. La buena relación que manteníamos quienes vivíamos allí se lograba gracias a la amistad y el respeto mutuo.
El trabajo rutinario era fácil y de corta realización, consistía en pulsar un botón u otro. En cuestión de minutos se acababa. La dedicación absoluta a lo que gustaba a cada uno en particular permitía que hubiera grandes artistas y científicos, también deportistas,  genialidades y especialistas en todo aquello que engrandece y cultiva el cuerpo y el espíritu.
Los científicos estudiaban el macro-universo, conocíamos tantas galaxias. Y en lo micro, había estudios de la materia y la energía hasta lo más mínimo de cuanto nos rodeaba. Los avances habrían sido inimaginables siglos atrás. No se hubiera podido sospechar el alcance tan grande que lograría la ciencia.
Nuestras preocupaciones habían desaparecido, no teníamos motivos, todo estaba controlado.
Se logró casi la perfección, nada ni nadie podría perturbar la paz que se respiraba en nuestro espacio vital.
Un día hubo una reunión importante, uno de los miembros de la Comunidad Científica nos habló de un nuevo descubrimiento. Nos reunimos en el Gran Centro de Investigación para llegar a un acuerdo sobre cómo explicar a los demás las ventajas del hallazgo. No sería difícil su comprensión, la capacidad intelectual de todos cuantos vivíamos allí era apta para entenderlo. Todo era positivo. Nuestras fuerzas crecían por momentos.
A raíz de este nuevo invento, el cual nos había llenado de satisfacción a la mayoría, surgieron algunas ideas entre los artistas y filósofos que nos hicieron pensar sobre lo que podría haber de verdad en todo aquello. Los días transcurrían como siempre, aunque se empezaba a notar un cierto desasosiego interior que no era fácil de detectar. Sin embargo, intuíamos que estaba ahí.
Al principio no le dimos importancia, pues no la tenía a primera vista, mas, pasados unos años, nuevas generaciones habían nacido con una predisposición a la melancolía, a pensar más allá de nuestras fronteras, formulaban preguntas…
Y la preocupación, que en otro tiempo no era muy grande como para dar una radical solución a lo que ocurría a nuestro alrededor, ahora estaba sobrepasando todo límite y teníamos que actuar sin pérdida de tiempo.
Reflexionábamos, consultábamos en nuestros archivos electrónicos para conseguir una posible solución. Teníamos que haber actuado antes, decían los más pesimistas, ahora será más difícil conocer la raíz del problema. A pesar del gran mal, por el que se había desestabilizado en parte la armonía del lugar, sabíamos que llegaríamos a buen término.
Analizamos punto por punto, desde el principio, seleccionamos las preguntas clave que nos llevaran a las respuestas precisas.
Mientras tanto, como infectados por un terrible mal de casi imposible solución, las personas que habitaban el Gran Lugar caían más y más en el fango de su problema sin remediarlo.
Los encargados del caso en cuestión nos dimos cuenta de que cada día que pasara sería más difícil acabar con aquello que se había apoderado de nuestras gentes. Nos preguntábamos: ¿qué habíamos hecho mal?, ¿qué haríamos ante tal problema?, ¿cuántos tendrían que ser eliminados hasta acabar con el mal?, ¿nuestra solución sería la mejor?
No podíamos correr el riesgo de que las personas que aún no padecían el mal se contagiaran. Por este motivo, aislamos a cuantos parecían no estar afectados en absoluto. También pudimos separar a tiempo a los menos afectados. Al llevar a cabo todas estas precauciones, aunque se hicieron de la mejor manera posible, no pasaron inadvertidas a los demás, con lo cual cundió el pánico y la desesperación.
Jamás hubiera imaginado que por aquellas dudas de nuestros eminentes pensadores o el avance de aquel hecho puntual en la ciencia, como otros opinaban -había dos grupos que opinaban de manera diferente a la hora de analizar la situación-, se pudieran ocasionar tantos problemas.
Parecía que iba a llegar el caos absoluto. Todos temían una inminente destrucción del Gran Lugar y comenzó la lucha por la supervivencia.
Se esforzaban por conocer la fórmula para salir con vida de aquel posible aniquilamiento en masa. Con sus miedos, sus prisas, su falta de serenidad para pensar en la realidad que nos rodeaba lo único que consiguieron fue acelerar la destrucción. Siguieron unos meses agotadores, teníamos que prepararlo todo, saber cuánto necesitaríamos después.
Nuestra decisión se precipitó por el gran peligro que nos íbamos encontrando a cada paso que dábamos. Un hecho imprevisto vino a tirar por la borda nuestros planes, proyectos minuciosos que no habrían fallado. Pensamos en la posible salvación de todos, con un poco más de tiempo hubiéramos acabado con el mal.
Sumidos en la desesperación actuábamos de manera absurda. Empezamos por dejar de hacer el trabajo habitual y la desorganización no nos ayudó lo más mínimo.
Personas que no sabían manejar las complicadas aeronaves intentaron marcharse del lugar y lo que consiguieron fue una muerte anticipada. Los que presumían de más cuerdos tramaron miles de astucias para engañarnos acerca de su estado.
Necesitamos realizar nuevos exámenes a los afectados, pensar en otros proyectos. La mayoría se había dedicado a destrozar, sin compasión, todo cuanto encontraba en su camino. La situación empeoraba por minutos. Y llegó el día previsto para destruir el Gran Lugar.
Era muy temprano, nos instalamos en las aeronaves un millar de los no afectados para ser salvados, nos dirigíamos a otras latitudes. Después de alejarnos de allí, saltó por los aires el Gran Lugar desmoronándose cualquier rastro de vida. Desde las tres naves nos comunicábamos satisfechos de haberlo logrado, pero un hecho imposible de prever enturbió de pronto nuestra dicha. Una de las naves estalló en minúsculos pedazos, momentos después otra. No dábamos crédito a lo que estaba ocurriendo, seguíamos navegando por el espacio esperando, quizás, el momento en el que fallaría nuestra aeronave.



M. Godúver


1 comentario:

viky frias dijo...

¿Conseguirán salvarse? No, la última nave estallará también, porque han descubierto algo, ¿la melancolía? Ya son humanos, o más, son artistas, y su destino es terrible.