
Todos los días tenía que trabajar
para vivir, acababa tan agotada
que sin comer se metía en la cama.
Se levantaba muy temprano
para acudir al gran mercado
y comprar los productos perecederos
que despacharía en su comercio,
algunas veces no la visitaban
muchos clientes
y se veía obligada a tirarlos.
Un día tuvo un sueño:
al final del día bajaba los precios
y repartía a las vecinas
más pobres todo lo que no vendía.
A la mañana siguiente,
al subir el cierre del establecimiento,
sonrió al ver las frutas podridas
porque a partir de ahora
no se le estropearían.
Después pensó: todo es pasajero.
1 comentario:
Pues sí, los bienes son pasajeros,
¿para qué tanto guardar
si todo se acaba pudriendo?
Mejor sería conservar
solo lo necesario
y dar a manos llenas
lo que no necesitamos.
En el mundo digital
se cumple el milagro:
se da y siempre se tiene,
lo que se comparte
no se pierde.
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