El verde me perseguía
y de vez en cuando
el cinturón, el tricornio y
la camisa.
Hija de la sumisión pasé
diez años con monjas
que me vino muy
bien para la vida
porque, de no ser así,
quizás hubiera acabado
como otras amigas:
fregando platos y
planchando camisas.
En el silencio de la noche,
cuando “la vigila” dormía,
dos inocentes manos
se tocaban una parte
del torso, si podían.
¡Qué placer, qué pericia
llegar con mi mano
a la otra camita!
La pubertad
nos llevaba a curiosear,
explorar otras sensaciones,
aunque nos muriéramos
de asco y miedo.
Nos sentíamos sucias,
en pecado,
nunca lo hablábamos.
El secretismo me dañó
y me fue difícil disfrutar
con el placer-amor.
M. Godúver
